DE PERIODISTA A
COMUNICADOR DE BUENAS NOTICIAS

El periodista Wayne Weible, antes luterano, hoy católico, converso luego de experimentar el amor maternal de la Virgen María, visitó a fines de Octubre Argentina, para compartir -como lo ha hecho en decenas de lugares del mundo-, su experiencia de fe que consolidó en él un hombre nuevo.

Wayne era luterano y un domingo como otros, en Octubre de 1985, durante la ‘clase dominical’, su comunidad habló de los milagros en la época moderna. Ya casi al finalizar el encuentro, alguien mencionó lo que estaba ocurriendo en Medjugorje...

“Como periodista, mi interés se volcó inmediatamente hacia lo que podría constituir un buen artículo para mis periódicos. Hasta ahí llegaba mi interés, simplemente poder escribir un artículo al respecto.
Después de la clase le pregunté a la señora que nos habló de Medjugorje si disponía de más información sobre el asunto. Ella me dijo que una amiga suya, católica, que era quien le había hablado sobre ese lugar, tenía un pequeño libro y una cinta de vídeo reciente, que de hecho mostraba a los jóvenes videntes en el momento de la aparición,señaló. Se comprometió a enviarme ese material y así ocurrió. Hasta ese instante yo no sabía nada de ‘apariciones’, como las ocurridas por ejemplo en Fátima o Lourdes. Menos aún sabía de la Iglesia Católica o la Santísima Virgen María. Lo único que conocía de Ella es lo que aparece en la Biblia, en el Evangelio de Lucas.

Primero leí el libro sobre las apariciones y quedé impresionado por lo que estaba sucediendo aquí. No podía entender por qué no había yo oído hablar sobre esto mucho antes. Con todo, la lectura no me conmovió espiritualmente. Varias noches después, mi esposa Terri y yo vimos el vídeo. Tan pronto como éste comenzó, supe en mi corazón que las apariciones de Medjugorje eran reales.
Los periodistas no nos guiamos por “sentimientos”. Tenemos que contar con hechos sólidos, datos duros, sobre algún tema y entonces reportearlos tan objetivamente como sea posible. Pero de pronto, mientras miraba el vídeo, desapareció toda objetividad en mí, dando paso simplemente a la certeza interior de que se trataba de algo real. Para mí sigue siendo difícil explicar lo ocurrido, pues a la mitad del vídeo, de pronto sentí un mensaje dentro de mi corazón. Sabía además que era de la Virgen María. Ella me decía: Tú eres mi hijo y Yo te pido que hagas la voluntad de mi Hijo Jesús.

Quedé tan sorprendido que miré a mí alrededor para ver de dónde provenía la voz. Sabía que era la Santísima Virgen quien me hablaba, pero mi fragilidad humana y mi raciocinio me decían que eso era imposible.
Volteé a mirar a Terri, pero ella ni siquiera se había movido. Cuando terminó el vídeo, traté de contarle lo que había vivido. Ella se me quedó mirando por largo rato y luego me dijo que probablemente yo estaba impresionado con lo que había visto. Terri se fue a la cama después de que platicamos un poco y entonces yo volví a ver el vídeo. Cuando éste terminó, caí de rodillas y, por primera vez en mi vida, me puse verdaderamente a orar desde el fondo de mi alma.
Me pregunté una y otra vez, ¿por qué yo? ¿Y por qué habría Ella de hablarle a un protestante?, ¿por qué si además era indigno? Y digo esto, no por modestia; más bien, por lo que era mi vida hasta ese momento. Yo había estado a la caza del “sueño americano”, haciendo montones de dinero, obteniendo prestigio y también

disfrutando de los frutos de mi trabajo. Éste era el centro de mi vida. Aunque era activo en mi iglesia luterana, sirviendo en el consejo parroquial e impartiendo una clase en la escuela dominical, no tenía una verdadera espiritualidad. Nunca había intentado responder al llamado de Dios. Mis oraciones se limitaban a lo que rezábamos cuando asistía a la iglesia. ¡Pero en ese instante oraba como nunca antes, de rodillas y en el suelo de la sala de mi casa!.
A la mañana siguiente, el mensaje siguió en mi corazón. Me fui a la oficina e intenté escribir sobre todo aquello por lo que había pasado en las últimas 24 horas, pero nada pareció salir bien. Recibí otro mensaje en ese momento, un amoroso reproche de que primero debía orar y estudiar más. Así pues, durante las cinco semanas siguientes, leí sobre Lourdes y Fátima y sobre otras apariciones anteriores.
Entonces comencé a escribir y las palabras fluyeron de mi corazón. Con todo, traté de ser objetivo. Una columna jamás podría contar la historia completa, así es que decidí hacer una serie de cuatro partes, que se publicó en Diciembre de 1985. La reacción del público fue muy positiva, a pesar de que nuestra región es predominantemente protestante. Católicos, protestantes, todos reaccionaron positivamente. Era evidente que había una gran hambre espiritual y también curiosidad por todo lo que estaba pasando. La gente inmediatamente comenzó a escribir y a telefonear, pidiendo ejemplares adicionales de los artículos.

En Mayo de 1986 hice mi primer viaje a Medjugorje. No fui buscando una prueba de las apariciones, sino más bien para sumergirme en la espiritualidad, en este amor de Dios que allí tanto prevalece. Parecía como si dondequiera que yo volteara, recibiera una nueva descarga espiritual. La gente, los sacerdotes, todos ellos hicieron su aporte.
Nunca olvidaré el día en que tuve que regresar a casa. Fui a la Iglesia de Santiago Apóstol, a las seis de la mañana y me arrodillé en la banca de la primera fila, pidiéndole a Dios que me diera la fortaleza para ser capaz de llevarme todo esto a casa y hacer algo con ello. La verdad era que yo no quería irme. Después de la Misa, me fui a la parte de atrás de la Iglesia y me puse a llorar como un niño. Con el tiempo pude comenzar a entenderlo. Cuando vamos a Medjugorje, tenemos que volvernos como niños. Tenemos que abrir nuestro corazón y nuestra alma y ser los hijos, los niños de María. Tenemos que entregarle todo a Jesús. Siento que yo comencé a hacerlo justamente esa última mañana de mi primera peregrinación.
Cuando Terri me recogió en el aeropuerto, al regreso de mi viaje, estaba tan lleno de emociones que ni siquiera pude hablar. Lo único que hice fue llorar. Nos fuimos a casa y nos quedamos sentados en el sillón de la sala sin hablar durante varias horas. Finalmente, empecé a contarle mi experiencia.
A la mañana siguiente, era Domingo, fuimos a nuestra iglesia luterana y todos me preguntaron sobre Medjugorje. Yo simplemente los miraba con los ojos arrasados en lágrimas. Lo único que quería era volver a casa. Me tomaría varios días ajustarme a “estar atado a la tierra” nuevamente, porque el viaje a Medjugorje había sido tocar el cielo y yo quería guardar ese sentimiento para siempre.
Sabía que me había sido encomendada una misión, pero no tenía idea realmente de su profundidad. En Septiembre de 1986, por fin convencí a Terri de que también ella necesitaba hacer una peregrinación. Y es que yo sabía, que ambos estaríamos involucrados en la difusión de este mensaje. Tenemos dos hijos pequeños y Terri no quería dejarlos para venir a Medjugorje. Decía que ella creía y que no necesitaba venir. Pero yo le dije que sí, que lo necesitaba, porque sabía que en su corazón nuestros hijos venían primero, incluso antes que Dios. Ella tenía que venir y descubrir cuál debía ser su primera prioridad.
Incluso cuando la llevé al aeropuerto, ella intentó escaparse de venir. Pero cuando regresó a casa, tranquilamente me dijo que mientras estuvo en Medjugorje, se “olvidó” temporalmente de sus hijos, que no pensó en ellos mucho y tampoco en la casa. Fue una peregrinación muy importante, porque sin su apoyo y su convicción sería muy poco lo que yo hubiera podido hacer para realizar lo que la Virgen me pedía. Nos dimos cuenta de que ésta era una misión para toda la familia.

Quienes vamos a Medjugorje hoy en día, lo encontramos diferente a lo que fue en el principio, o a lo que hemos leído. Ahora está más comercializado y es un poco difícil encontrar realmente tranquilidad. Esto era inevitable. Es un pequeño milagro que las cosas no sean peores. La santidad y la espiritualidad están allí, si la buscamos. Yo soy tan solo un hombre al que se le ha encomendado hacer algo por Dios. Al principio luché contra ello. Ahora, ya no. Simplemente escucho y trato de hacer lo que Jesús nos manda hacer a través de Su Madre.
A veces es necesario sencillamente buscar un lugar tranquilo, quedarse ahí y no decir nada en realidad. Tan solo ponerse en la presencia de Dios y dejarlo hablar a Él. Esto es lo que hemos de llevarnos, porque Medjugorje es un milagro santo dirigido no sólo a las personas de una sola fe, sino a todos los seres humanos”.

Wayne quien ha viajado a Medjugorje más de cien veces, hoy vive en las montañas al norte de Georgia, en el pequeño pueblo de Hiawassee y actualmente estudia una Maestría en Teología. Es autor de ocho libros que testimonian sus experiencias de fe en torno a Medjugorje. Uno de ellos, “La cosecha final” (pp 128 a 137), publicado por Paráclito prensa en Mayo de 1991 y vuelto a publicar luego de su revisión por CMJ Editores Marian (2003) es la fuente principal de esta nota.